A quienes hoy sostenéis, con incertidumbre y dignidad, el peso de un tiempo cada vez más difícil.
Se os juzga con demasiada facilidad. Se dice que no os movéis, que sois frágiles, que vivís ajenos a la realidad o que nada os importa. Yo no lo creo. Me parece una crítica cómoda, injusta y, sobre todo, incapaz de mirar de frente las duras condiciones que os ha tocado vivir.
Os entiendo. ¿Cómo no vais a mirar el futuro con rabia, con cansancio o con desconfianza? Se os exige un esfuerzo enorme para luego entregaros precariedad. Se os pide formación para conduciros, demasiadas veces, a trabajos inestables y mal pagados. Se convierte la vivienda y la emancipación en un privilegio imposible. Se debilitan la sanidad y la educación públicas mientras se os repite, una y otra vez, que ni siquiera podréis contar con una pensión digna.No, no es culpa vuestra. El problema tiene raíces profundas. Vivimos bajo un sistema que concentra la riqueza en muy pocas manos mientras niega a la mayoría unas condiciones de vida dignas. En nuestro país, además, arrastramos un modelo social y económico que nace de viejas inercias del pasado, de estructuras heredadas de la dictadura que nunca se terminaron de romper. Se han maquillado con una falsa apariencia de modernidad, pero siguen siendo incapaces —y a menudo poco dispuestas— de resolver los problemas reales de la clase trabajadora y de repartir la riqueza con justicia.
A quienes somos mayores también nos corresponde hacer autocrítica. Miramos vuestro presente y entendemos vuestra soledad. En los años más duros de la dictadura y la clandestinidad, nosotros no estábamos solos: teníamos una herramienta, un motor organizativo. El Partido Comunista y la militancia organizada fueron el alma que revolucionó la sociedad, los que nos enseñaron a perder el miedo y el tejido que articuló a la clase obrera y a las clases populares en cada fábrica, en cada universidad y en cada barrio. Había una dirección clara, una solidaridad de clase viva y una estructura colectiva que nos sostenía.
Si hoy la política os parece un negocio lejano, si los sindicatos se han debilitado y los barrios han perdido su músculo, es porque permitimos que ese hilo histórico se rompiera, dejando que el sistema os arrastrara hacia el aislamiento individual. Por eso no podemos ahora exigir a la juventud que cargue sola, y desde la nada, con un peso que es de todos.
Y precisamente por eso quiero deciros algo con toda claridad: os necesitamos.
Quienes llevamos años defendiendo en la calle lo que es de todos —la sanidad pública, los servicios sociales, los derechos conquistados tras décadas de lucha— sabemos bien que las fuerzas flaquean. También nosotros sufrimos esta realidad y sabemos que lo que se pierde hoy, cuesta una vida entera recuperarlo mañana.
Por eso os pido que deis un paso adelante. No por obediencia, ni por nostalgia. Os lo pido por justicia, por dignidad y por vuestro propio futuro. Hace falta vuestra energía, vuestra rebeldía y vuestra manera de mirar el mundo. Pero, sobre todo, hace falta volver a aprender a organizarse. Necesitamos reconstruir colectivamente lo que el capitalismo ha desmantelado. Hace falta que os organicéis en vuestros barrios, en vuestros centros de estudio, en vuestros puestos de trabajo. Que os impliquéis social y políticamente. Porque los derechos no caen del cielo ni los regalan quienes mandan: se conquistan y se sostienen con conciencia, con organización y con lucha de clases.
No dejéis que os roben el futuro. No permitáis que os convenzan de que el aislamiento es la única salida y de que nada puede cambiar. Hagámoslo juntos, codo con codo, uniendo la experiencia de quienes llevan años resistiendo y la fuerza de una juventud que tiene en sus manos la capacidad de volver a tejer la historia y abrir caminos nuevos.
Con respeto, con esperanza y con la convicción de que todavía estamos a tiempo.












